Encuadre
- Foto: Cortesía.
Hubo un tiempo en que Ensenada era segura. Cuando los alcaldes lo decían, algunos nos reíamos, pero era verdad: fue una de las ciudades más seguras de México.
En las carreteras del norte y sur, los retenes militares fijos mantenían una revisión permanente que, de alguna manera, inhibía el acceso de personas sospechosas o sin oficio claro provenientes de otros lugares. Luego los retiraron, pero no entraré en detalles sobre quién tomó esa decisión.
Además, en las carreteras estaban los famosos federales de caminos. Sí, esos que aparecen en los corridos, con su uniforme impecable, lentes oscuros, gorras bien colocadas y unos tipo altísmimos e intimidantes. Causaban pavor entre los automovilistas que transitaban por la escénica o la Transpeninsular.
Cada ciertos kilómetros, se podía ver una solitaria patrulla estacionada o circulando por el acotamiento. Los federales tenían un aire sarcástico; algunos incluso parecían educados y cultos. Lo digo por experiencia: me hicieron revisiones en carretera y, en más de una ocasión, me gané una multa por exceder la velocidad permitida.
Pero eso también cambió. Ahora se ven elementos de la Guardia Nacional, fuertemente armados, pero distraídos. Comen papitas, galletas, y rara vez realizan revisiones o prestan atención a los vehículos que circulan.
Las corporaciones de seguridad pública han cambiado, degradándose con el tiempo, como si siguieran una especie de ley de entropía. Es cierto que en Ensenada siempre hubo algunos policías municipales corruptos, pero no tantos como ahora.
Viéndolo con frialdad, no debería sorprendernos. Después de todo, uno de los máximos responsables de la seguridad pública en México fue sentenciado en Estados Unidos por narcotráfico y delincuencia organizada.
Para no ir tan lejos, un director reciente de seguridad pública en Ensenada renunció al no aprobar las pruebas de control y confianza. Su sucesor, al asumir el cargo, declaró que había un déficit de 500 agentes y que 40 unidades de patrulla serían dadas de baja por falta de mantenimiento.
Ser policía, en estas condiciones, no resulta atractivo. Sus jubilaciones son un calvario, y las viudas de los agentes caídos en cumplimiento del deber enfrentan largas batallas para cobrar los seguros, que a veces tardan años en pagarse.
Hoy en día, ser policía en Ensenada es una de las profesiones más difíciles. Tal vez por eso, las autoridades planean enviar a las calles a jóvenes de entre 18 y 20 años, armados, con apenas tres meses de preparación.
En la memoria quedará la imagen del policía alto y seguro de sí. En cambio, habrá días en que serán casi niños, armados, los que vengan a poner una multa o a pedirte que bajes la música en tu fiesta.
