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En secundaria, el primer día de clases Rodolfo se acercó y preguntó si jugábamos una partida de damas chinas. “Sí”, dije, y ese día, en el salón al que llamaban los gallineros, entablamos una amistad que dura hasta hoy.
Cuando eres niño —o muy joven— tener un amigo al que le cuentas todo, incluso más que a tus hermanos, es algo fácil. En la adolescencia se complica: entran en escena las mujeres, algunos forman pareja y aparece una rivalidad silenciosa entre tu mejor amigo y tú, una tensión que persiste incluso después, ya casados.
En la preparatoria, Mauricio fue mi mejor amigo. Tras una tragedia familiar se mudó a la Ciudad de México y desde quinto semestre no supe ni he sabido nada más de él. Alan y Jorge completaban el equipo de amigos de esa época, hace más de treinta años que no hablo con ellos. En la universidad, Francisco fue mi amigo más cercano, hasta que antes de terminar la carrera los problemas mentales lo sacaron de circulación. Pienso que él y Mauricio dejaron un vacío que a veces siento en las amistades, pero también pienso que es normal: otros amigos, al llegar a los 35, 45 o 50 años, han desaparecido en la bruma de la vida real.
Aunque tenemos un grupo solido de amigos que nos hemos reunido de forma regular desde la universidad, la verdad es que salvo excepciones sabemos muy poco unos de otros y fuera del grupo casi ninguno se ve, o lo peor no lo dicen.
La sensación de que los hombres no tenemos amigos se vuelve evidente cuando tienes pareja y te casas. Te haces “amigo” de los amigos de ella; sus amigas tienen parejas, pero sus esposos no son tus amigos. Eso queda comprobado. Los papás de las amigas de tu hija tampoco pasan esa prueba: no dejan de ser conocidos o, a lo mucho, etiquetas de un “buen amigo” o conocido. Nunca amigo íntimo.
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Ya entrado en la adultez, los amigos de la escuela y del barrio siguen ahí, presentes solo en ciertos momentos. Aparecen para ver algún partido, los encuentras por casualidad en un puesto de hot dogs o coinciden en alguna fiesta. La charla transcurre por terrenos intrascendentes, superficiales. La magia y la confianza ya no existen.
Existe un estigma entre los hombres para pedirle a otro que salga a tomar un trago o a comer y platicar cosas. Es todavía más difícil mirarlo a los ojos y preguntar, desde el fondo: “¿Cómo estás?”. No cuenta mandar un correo o un mensaje, aunque sea cada semana o diario.
Con familia, hijos pequeños y trabajos demandantes queda poco margen para intimar con otros hombres. El poco tiempo libre se prefiere pasar en casa. Así, el trabajo se convierte en el único espacio donde puede surgir cierta cercanía, pero rara vez pasa del típico compañerismo laboral.
La expectativa de una amistad masculina es alta. La mayoría de los hombres son reacios a mostrarse débiles ante sus iguales, a confesar que sienten un dolor profundo e inexplicable, a admitir que fracasaron en la vida o en aquello que querían lograr. A diferencia de las mujeres, rara vez revelan sus planes o buscan apoyo en otros hombres para alcanzar el éxito.
Ahora, cuando veo a mis conocidos, ex alumnos o compañeros mucho más jóvenes, o desconocidos con hijos pequeños, absorbidos y distraídos de todo lo que no sea la familia y la pareja, me doy cuenta de lo distraído que estuve yo, jugando y cuidando a mi pequeña Italia mientras todo lo demás pasaba de largo. Me pregunto cuántas veces me miraron así.
Fuera de la escuela y del trabajo tuve amigos con quienes compartía otras aficiones. Con Aldo podía discutir sobre la Revolución rusa, novelas y libros y escalar el debate hasta tratar de desentrañar el significado mismo de la vida. A veces pienso a dónde se fue esa vitalidad de pasar horas y horas sentados en la banqueta, reir y beber en bares apestosos y llenos de humo, caminar sin miedo por calles sucias y llenas de gente rara, amanecer riendo en la playa tirando piedras al mar.
A medida que creces hay menos trascendencia en lo que hacer, las amistades se diluyen. Lo que antes motivaba ya no. Ser hombre es cargar con algo pesado que no puedes descargar con nadie. No es como las mujeres, que pueden desnudar su alma con sus amigas, apoyarse y reír. Leo sobre hombres de otros siglos y parece que tenían otra concepción de lo masculino; sus cartas provocarían sonrisitas en los grupos que tenemos hoy, son joterías dirían, nosotros no tenemos ya nada de eso.
Cuando veo la soledad de mi padre y a mi abuelo, entiendo que en mi eso no es una excepción. Mi abuelo, viudo a los 93 años, cuenta cómo sus amigos —a quienes llamaba y veía de vez en cuando— fueron muriendo uno a uno, hasta quedar solo él. Mi padre sigue casado y tiene amigos, pero están allá afuera, inidentificables.
Y sabes que los amigos siguen ahí, en algún lugar, pero ya no logras verlos. Al menos no esa parte de ellos que alguna vez conociste. La verdad es que carecemos del lenguaje para reconectar, somos de una generación enseñada a resistir a sufrir, no aprendimos a acompañarnos y a pesar de todos los que están alrededor nos encaminamos al final de nuestra vida en soledad.