Encuadre - De ricos, pobres y la herencia invisible
La riqueza que romperá el ciclo de pobreza no necesariamente se halla en cuentas bancarias. - Foto: Cortesía.
Cuando se habla de pobreza casi siempre se habla de dinero. Pero la verdadera pobreza casi nunca está en la cartera, la mayoría de las veces está en la cabeza.
En México se suele pensar que dejar de ser pobre es cuestión de ganar más dinero, pero el problema es más profundo. Tiene que ver con la educación, y el comportamiento aprendido, es una especie de herencia invisible transmitida de generación en generación.
Incluso cuando una familia logra mejorar sus ingresos, esa herencia cultural no desaparece automáticamente. Puede que a la siguiente generación vuelva a su estado normal.
De acuerdo a la definición de pobreza de la ONU, esta consiste en no alcanzar el potencial que uno habría tenido si desde niño hubiera sido educado para desarrollar las habilidades inherentes a cada uno, es decir recibir una adecuada educación. Cuando eso no ocurre, el límite se vuelve estructural. Y ese límite puede tardar varias generaciones en romperse.
El problema es que los hijos no aprenden solamente de lo que dicen los padres, sino de lo que ven. Si un niño crece viendo a sus padres batallar constantemente con el dinero, esa experiencia se vuelve parte de su normalidad. Aunque más adelante logre acumular recursos, su relación con el dinero —su forma de gastarlo, invertirlo o conservarlo— suele repetir el mismo patrón.
Por eso la movilidad social suele avanzar lentamente, como si fuera una escalera en la que cada generación logra subir apenas un peldaño… cuando tiene suerte. A veces ocurre lo contrario: se retrocede dos, cuando se entra a la economía informal o muchas veces ilegal.
Hay familias que pasan del trabajo físico en el campo a un empleo industrial. De ahí a un pequeño negocio. Después, quizá, a manejar inversiones o divisas. Y solo después de varias generaciones aparece la verdadera acumulación de riqueza, esa que logra sostenerse en el tiempo.
Pero en muchos casos el proceso nunca llega tan lejos. Un patrimonio que crece en una generación a veces desaparece en la siguiente.
La historia económica está llena de ese vaivén: abuelos pobres, padres ricos, nietos pobres otra vez.
Cabe en esto hacer la pregunta incómoda: ¿qué significa realmente ser rico? ¿Es rico alguien que tiene mucho dinero? ¿Lo era un dictador como Nicolás Maduro con cientos de millones de dólares ocultos?
¿O lo era un intelectual como Umberto Eco, cuya verdadera fortuna era una biblioteca personal de 30 mil libros, muchos de ellos imposibles de valuar?, Lo era Pablo Escobar, un funcionario corrupto o algún otro narcotraficante.
El dinero es una forma de riqueza, pero no necesariamente la única ni la más estable.
En países profundamente desiguales como México, donde el 1 % es ultra rico y concentra alrededor del 40 % de la riqueza nacional, mientras millones de personas viven con carencias básicas, muchos viven con apenas 70 pesos por día.
La distancia entre unos y otros no es solamente económica. Es también cultural, educativa y generacional. Por eso combatir la pobreza es mucho más complejo que repartir dinero o aumentar salarios.
El verdadero cambio ocurre cuando se transforman las estructuras que moldean la forma en que las personas entienden el trabajo, el ahorro, el conocimiento y el futuro. La riqueza que romperá el ciclo de pobreza no necesariamente se halla en cuentas bancarias. Puede que sea la que se acumula en la mente y moldea el comportamiento.