Santa Rosalía, el viejo ´Oeste´de Baja California Sur
Las personas hacen fila para comprar en la panadería El Boleo. - Jorge Martínez / @jomagudg en Facebook.
Es una población tan distinta en los detalles a las demás de Baja California como que fue forjada por franceses dedicados al minería desde el siglo XIX.
El movimiento colorido que hay, la risa de la gente, pero también la seriedad y la desconfianza ante el visitante turista. El olor de la brisa marina mezclado con el aceite de motor viejo, el aroma a pan y a comida recién hecha por las mañanas. Santa Rosalía tiene ese olor a pueblo de la costa.
Y su iglesia, Santa Bárbara es distinta también, no es como las que construyeron los monjes, agustinos, benedictinos o jesuitas a lo largo de todo México, este edificio fue concebido en el corazón de Europa, en París, nada menos que por una celebridad, Augusto Eiffel, el mismo que proyectó la torre más famosa del mundo que lleva su apellido, y el esqueleto de la estatua más famosa del mundo, la de la Libertad que está en Nueva York, Estados Unidos.
Vivir en Baja California siempre ha sido duro, hay poco y la distancia entre poblados es distante, parecería que sobre la carretera Transpeninsular no se llega a ningún lado pero los paisajes desérticos y de playas quitan el aliento. Son paisajes de calendario.
El tono industrial gastado, el óxido de las locomotoras, los desagües en decadencia la dan un ambiente tétrico, tenebroso, pero es parte del encanto.
No falta la plaza, el edificio de la administración de la ciudad, todo en un cuidado diseño gótico medieval. Santa Rosalía es cabecera del municipio de Mulegé.
Los perros en grupos de tres o cuatro dormitan afuera de los negocios de comida y siguen a los turistas sabiendo que son quienes traen la comida.
Atardece y la gente se reúne en Santa Bárbara, es domingo por la noche, el joven de los ‘hot dogs’ propaga por todo el lugar el olor a tocino frito es infalible el llamado a comer para quienes salen de la iglesia rumbo a sus casas.
Las pisadas suenan sobre la madera sobrepuesta el los porticados del centenario Hotel Francés, a lo lejos se escucha música, las luces poco a poco se apagan y se hace un silencio para recordar.